El agrandar combos es un típico rasgo del consumista cabezahueca que comencé a ser apenas caí en la cuenta de que tenía la posibilidad. Afirmo esto porque a este tipo de personas se le ocurre ir a un negocio con una idea concreta respecto a lo que comprarán -en el mejor de los casos- y luego ir añadiendo y añadiendo y añadiendo accesorios y agrandando combos, por $4,59 más les regalan una bolsita ecológica para llevar todo más confortablemente.
Sin embargo voy lentamente despojándome de toda la basura que poco a poco fue inundando mi mente desde la TV, la radio, los diarios, las películas, música, amistades, familia y demás factores exógenos a ella que, ingenua, dejó entrar. Despacio pero seguro, voy entendiendo que con cada posesión nace una responsabilidad, una obligación o una necesidad. Voy teniendo en cuenta que poseyendo más que lo que nunca antes, no me siento tanto mejor como la suma de todos mis bienes debería asegurarme siendo que cada uno de ellos prometía felicidad a través de artificiales rostros sonrientes y frívolas promesas de hacer más fácil mi vida.
Tantas obligaciones he adquirido que si no cambio el estilo de vida que llevo es por esas ataduras que, cobardemente, no me atrevo a romper. Mi estrategia consiste en, al menos, no añadir nada nuevo a mi vida sin una buena razón. ¿Para qué corno quiero ese {nombreDeProducto}? Fuera publicistas, aléjense de mi con esos folletos: no compraré nada más que lo que ya tenía en mente.
Tirado en el suelo, dentro de mi departamento, miro a mi alrededor y veo banalidades, veo esfuerzo mío malgastado en búsqueda de la panacea representada por el producto último y supremo, el producto que intentan ser todos los demás. Observo cómo retrasé mi carrera universitaria, y con ella el regreso a mis tan anheladas raíces, por derivar mis energías a ser bueno en mi trabajo, a ganar cada vez más y así asegurarme una vida tranquila y de bienestar que me permita continuar con los estudios. Pero pensándolo mejor no tiene lógica en lo absoluto: si aspiraba al bienestar para que me vaya mejor en los estudios, me fué pésimo a partir de que lo logré. Pero ya entendí que no necesito más de lo que tengo.
Todo esto venía al caso por una escena de la película que comentaba al comenzar:
Uno de los protagonistas "Rodrigo Mendoza", para liberarse de su depresión y en penitencia, acompaña a los jesuitas a las misiones. Van a pie muchos kilómetros y siempre, Rodrigo, lleva a la rastra un inmenso paquete con todas sus posesiones (armaduras, armas, cacharros y demás cosas que podría haber tenido en aquella época de la historia). Esto supone que requiera de muchísimo esfuerzo para andar, mientras que sus compañeros, los jesuitas, libres de carga, avanzan tranquilamente.
Al llegar a la misión está agotado por la fatiga. Un aborigen se acerca, le corta la soga con que arrastraba todas sus pertenencias y la tira por la barranca hacia el río que se lo lleva todo.
En ese momento Rodrigo llora unos instantes, como de impotencia y bronca por el vano esfuerzo y por perder tan rápido TODO. Hasta que repentinamente se interrumpe y ríe con una expresión de alegría sublime.
Puede haber muchísimas interpretaciones de la escena, añadiendo información que omití para resumir al máximo la narración, pero la mía es que su alegría fue la de sentirse libre. Despojándose de todo lo que no le servía, que además le resultaba una carga.
La piel de gallina se me puso al verlo llorar y reir de esa manera. La extraña felicidad que mencioné en otras oportunidades encontraba analogías en ese momento.
Ahí comencé a comprender que lo que hace que mis días sean felices es (en parte ;-) ) la libertad que siento hace bastante tiempo. Creo que eso explica el hecho de que poco a poco intente ampliarla en cada plano de mi vida.
"Seamos libres, lo demás no importa nada." José de San Martín.






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